Sobre los perdidos pinares de salgareño y otros bosques serranos.

Desde Puente Guarnillos-1 red

 Sobre los perdidos pinares de salgareño y otros bosques serranos.

Por Jesús Charco García. Geógrafo y Especialista en Flora y Vegetación Mediterráneas. Autor de la Guía de Árboles y Arbustos del Norte de África.

Cuando en la Sierra se habla del pasado suele hacerse del pasado de la memoria de las personas vivas. Esto tiene sin duda un valor antropológico incalculable en cuanto al conocimiento de los usos del territorio -muchos de ellos hoy desaparecidos-, de las tradiciones, del origen de los topónimos, etc. Sin embargo poco parece importar el pasado más lejano aunque haya sido determinante para que la Sierra sea hoy como es. Esto último implica a veces debates estériles e incomprensión que dificultan la gestión del monte y el buen quehacer.

En la Sierra no todo es lo que parece, ni en el monte arbolado, ni en los pastos, ni en las navas, ni en las peñas descarnadas. Se han aprobado con frecuencia planes de ordenación de montes que poco valoran a las sabinas, tejos, quejigos o arces, dándole en cambio un protagonismo casi exclusivo a los pinos. Por contra se han publicado en libros y revistas, a veces de cierto prestigio, alegatos contrarios a los pinos, a los que dan como poco habituales en el territorio de forma natural e incluso justificando su presencia como el fruto de las numerosas plantaciones realizadas a lo largo del siglo XX. Todo esto conlleva polémica y críticas de todo tipo a las actuaciones que se realizan actualmente en el Parque Natural, siendo uno de los ejemplos más destacables las más que criticadas actuaciones para recuperar el monte tras el gran incendio forestal del Puerto de Las Palomas.

En realidad, si se quiere coger al toro por los cuernos, entender al monte, lo primero que hay que hacer es conocer la historia olvidada, de esa de la que ya no nos hablan las personas mayores sencillamente porque a ellos tampoco les hablaron de ella. Indagar en la antigua historia, en la prehistoria, es algo vital para gestionar adecuadamente la Sierra y a las especies de flora y fauna que en ella viven.

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Quejigo centenario en la Sierra de Cazorla. Uno de los últimos vestigios vivos de los otrora densos y extensos bosques de esta especie que cubrían la Sierra, especialmente en las umbrías. En condiciones naturales del interglaciar actual y excepto en la parte S. de la Sierra, más cálida y seca, donde la encina, la coscoja y los pinos carrasco y resinero serían frecuentes, en el resto del territorio serrano los quejigares, puros o mezclados con otras especies, serían posiblemente los bosques más extendidos.

Un viejo pastor, ya jubilado, decía que más valía una buena encina que un pinar, sus razones tenía: este árbol le ofrecía madera y leña de extraordinaria calidad, excelente sombra en verano, mantillo para fertilizar el huerto, ramón para el ganado y abundantes y muy nutritivos frutos (las bellotas) tanto para su familia como para su ganado. El pinar en cambio no daba casi nada de todo eso pero, para los sectores naval y del ferrocarril, es decir para la sociedad no serrana, el pino era mucho más valioso. Como a los pinos y sus productos había que tratarlos y sacarlos del monte, en primera instancia, el valor del pino redundaba también en la sociedad serrana pues creó aquí, a lo largo de la historia, multitud de puestos de trabajo aunque fueran a veces más que precarios. Los hijos de aquellos pastores que tanto valoraban las encinas, y sus nietos, a veces también se acabaron haciendo pineros, pegueros, resineros o carreteros. El encinar perdió su valor y prosperó el pinar. Hoy la Sierra, en general, es un inmenso pinar. Por tanto, para entender el paisaje y su historia, no sólo hay que conocer la dinámica natural de la Sierra, también los intereses humanos que, con frecuencia, no suelen ir de la mano.

Restos fosilizados en depósitos del Terciario y Cuaternario, pero también la paleopalinología (disciplina científica que estudia la presencia y abundancia de especies de plantas en el paisaje antiguo, muchas veces prehistórico, a través de la presencia de granos de polen) así como la antracología (similar pero con restos carbonizados) y otras disciplinas, muestran que siempre hubo pinos en la Sierra. Por siempre se entiende desde que la Sierra es Sierra, es decir, desde que la orogenia alpina levantó los hasta entonces sumergidos estratos mesozoicos, durante el Mioceno, hace unos 25 millones de años. Las coníferas, y entre ellas los pinos, formaron desde entonces parte permanente del paisaje de la nueva Sierra. Afirmar pues que los actuales pinares serranos han sido plantados en su totalidad o casi, es un disparate. El pino carrasco (Pinus halepensis), en las partes más bajas, cálidas y secas es autóctono, así como el pino resinero o rodeno (P. pinaster), en zonas medias, y el pino salgareño o laricio (P. nigra) en las más altas y frías. Estas 3 especies se distribuían ampliamente por la Sierra antes de que, hace unos 40.000 años, el hombre (Homo sapiens), llegara aquí por primera vez. Sin embargo, tras la última glaciación cuaternaria, hace unos 11.000 años, el clima se tornó más húmedo y cálido, los primitivos pinos fueron perdiendo terreno, pero sin llegar a desaparecer, frente a la expansión de otros árboles mucho más evolucionados y mejor adaptados a las nuevas condiciones climáticas.

2. Pino salgareño. cHARCO red

Pino salgareño monumental en la Sierra de Segura. Superviviente aislado de los milenarios pinares que esta especie formaba en las partes altas de las montañas y en las más elevadas mesetas. Aquí también aparecían otros muchos árboles perennifolios y caducifolios pero éstos pasaban más desapercibidos pues apenas llegaban a la mitad de los 40 m de altura media que estos pinos alcanzaban en ese ambiente forestal, donde disponían de más y mejor suelo del que queda en la actualidad.  

Los pinos carrasco y resinero actualmente son, gracias a las plantaciones del siglo XX, probablemente mucho más abundantes de lo que de forma natural les correspondería ser. Ocupan el lugar de los densos y extensos bosques en los que la encina (Quercus ilex) y el quejigo (Q. faginea), acompañados del tejo (Taxus baccata), los arces (Acer granatensis y A. monspessulanum), el acebo (Ilex aquifolium), los serbales (Sorbus aria y S. torminalis), el fresno (Fraxinus angustifolia), el álamo (Populus alba), el chopo (P. nigra), los sauces (Salix fragilis, S. atrocinerea, S. eleagnos y S. purpurea) y otras especies arbóreas hoy escasas pero antes más comunes como el melojo (Q. pyrenaica), el olmo de montaña (Ulmus glabra), el avellano (Corylus hispanica) e incluso el abedul (Betula pendula) que, de forma natural, cubrían valles y llanos, umbrías y solanas, márgenes de ríos y arroyos. Bosques de frondosas, ora puros, ora mixtos, con una gran biodiversidad, que poco a poco el hombre ha ido eliminando a lo largo de los 2 últimos milenios y de los que apenas quedan unos pocos vestigios, muy degradados.

 El pino salgareño en cambio ha visto reducir enormemente sus poblaciones naturales y apenas han sido compensa esta pérdida con nuevas plantaciones en su área de distribución natural. En la alta montaña y, especialmente en la gran meseta de los Campos de Hernán Perea, estos árboles alcanzaban portes extraordinarios, a veces superiores a los 40 m de altura, y una longevidad que podía llegar a los 1.000 años. Nada que ver con las otras 2 especies de pinos citadas. Mientras que en condiciones naturales algunos pies de pino carrasco y resinero hoy crecerían dispersos entre los grandes bosques de encinas y quejigos, apenas formando algún bosquete, el salgareño formaría impresionantes bosques, tanto por su extensión como por el descomunal tamaño de sus árboles, cerca de las cumbres y en las más altas mesetas. Entre estos magníficos bosques de pino salgareño destacaría sin duda el gran bosque de los Campos de Hernán Perea, con más de 20.000 ha, hoy desaparecido pero del que aún sobreviven algunos pies centenarios.

Los aprovechamientos madereros cuando fueron abusivos, el exceso de carboneo y el sobrepastoreo acabaron con los bosques de la Sierra a lo largo de los 2 últimos milenios, más especialmente en los últimos 4 siglos a medida que aumentaba la población local y las necesidades de madera en el exterior. Desde el inicio del siglo XX y hasta principio de los años 70 del mismo, se trató de enmendar el daño causado plantando masivamente pinos (carrascos, resineros, salgareños y de otras especies y variedades exóticas) y favoreciendo la regeneración natural de los pinos autóctonos, todo lo cual es de agradecer por los puestos de trabajo y la nueva cultura serrana de la madera que tan ingente labor ha creado, pero estos actuales paisajes pinariegos poco tienen que ver con los genuinos, los antiguos, los naturales, bosques serranos.

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